"CONSAGRARME A DIOS AL BIEN DE LA IGLESIA Y AL SERVICIO DEL PRÓJIMO" -------------------------------------------------------------------------------

HISTORIA


Nuestra fundación tiene su origen en Francia en un pequeño pueblo de Chartres llamado Levesville  fue fundada en el año 1696 por el Padre Louis Chauvet, párroco de Levesville y  la Madre Marie Anne de Tilly, nuestra Co-fundadora.



Padre Louis Chauvet
 
Marie Anne de Tilly
Tras Marie Anne-de Tilly y sus compañeras, muchas otras deciden aún hoy abandonarlo todo para seguir a Cristo y servir a sus hermanos por todo el mundo.
La iniciativa del amor pertenece a Dios. Es Él quien llama y da la fuerza para contestar, respetando la libertad de cada uno.
 


Somos hermanas de San Pablo de Chartres, fundadas en el año 1696, por el Padre Luis Chauvet, párroco de un pequeño pueblo francés, Levesville-la-Chenard. Nuestra primera misión fue trabajar para elevar el nivel humano y espiritual de los habitantes de Levesville mediante la educación de las niñas y visitando a los pobres y los enfermos. Nosotras somos discípulas y misioneras consagradas a Cristo, a ejemplo de San Pablo nuestro patrón anunciamos el Reino de Dios respondiendo a las necesidades de nuestros hermanos a través de; La educación, la salud, y todo tipo de pastoral con preferencia hacia los más necesitados. 



 La historia de las Hermanas de San Pablo de Chartres se extiende a lo largo de 316 años; esta es una larga historia de amor, escrita en el misterio y el caminar de los Corazones de todas las mujeres que dijeron sí al llamado de Dios. Actualmente somos una extensa familia sin fronteras con más de 4000 Hermanas evangelizando en 36 países del mundo.


LAS HERMANAS DE SAN PABLO DE CHARTRES

En un decreto de Napoleón de 1811, vinieron reconocidas jurídicamente como “Hermanas Hospitalarias de San Pablo”, conocidas también como de San Mauricio de Chartres. El grupo de jóvenes dedicadas al servicio de los niños, de los pobres y de los enfermos había nacido hacía más de un siglo, en 1696, en Levesville-La-Chenard, por obra del padre Louis Chauvet y de la joven noble Marie Anne de Tilly.
            A fines del S. XVI existían en Francia diversas comunidades femeninas que actuaban en el espíritu de San Vicente de Paul. Respecto a los otros Institutos, las Hermanas o Hijas de la Caridad no profesaban votos religiosos y no recibían ninguna renta, pero podían vivir su vocación fuera del claustro. Como otros países europeos, Francia era en esta época, un territorio totalmente necesitado de evangelización donde, sobre todo en las campiñas, no había suficiente clero. Como consecuencia, faltaba una verdadera vida parroquial, con detrimento de una adecuada formación cristiana.
            Cuando el P. Chauvet llegó a Levesville de Provenza (1694) constató el estado de abandono de la parroquia y de la rectoría y decidió permanecer allí para ocuparse de las actividades pastorales. Todavía en 1696 la pequeña comunidad de chicas que trabajaba a su lado, no tenía una idea clara sobre su futuro. Las cuatro jóvenes se dedicaban a la catequesis de los niños pobres y visitaban a los enfermos de la parroquia, dejándose guiar por los consejos del padre. Al comienzo, la llegada de Marie Anne de Tilly provocó algunas oposiciones de la aristocracia local, puesto que era inconcebible que una noble se uniese a un grupo de jóvenes campesinas. Sin embargo, su presencia, aunque breve (murió en 1703 a los 38 años) imprimió una mayor toma de conciencia en las posibilidades de las jóvenes, cada vez más numerosas. En 1708, el P. Chauvet habló al Ordinario del lugar, Mons. Paul Godet de Marais, que les dio el nombre de “Hermanas de San Pablo”            y les asignó un lugar para habitar en los suburbios de Chartres, San Mauricio, de donde pronto se extendieron a otras diócesis. Al mismo tiempo, las confiaba al cuidado del padre Claude Maréchaux, un doctor en teología de la Sorbona.
            Después de transferirse a San Mauricio, las Hermanas de San Pablo extendieron su radio de acción a numerosas escuelas rurales pequeñas. Allí, las niñas más jóvenes podían aprender no sólo los fundamentos del catecismo y de la formación cristiana, sino que aprendían también un oficio adecuado a su condición. Las escuelas eran gratuitas y para recoger dinero, las hermanas trabajaban tejiendo gorros de lana y medias para las señoras. Sus trabajos eran de una calidad óptima y por eso, en los primeros tiempos, el Instituto tuvo sus dificultades por causa de una acción legal dirigida por la confederación de los artesanos de la lana de Chartres, que tenía el monopolio en el sector textil.
            En 1727, el Conde de Maurepas, Secretario de Estado, pidió al Obispo de Chartres, si era posible enviar algunas hermanas en el hospital de Cayenne, en la Guayana. Cuatro hermanas (Marie      Méry, Madeleine Bilharam, Marie Malaire e Françoise Taranne) fueron elegidas entre un gran número de voluntarias. Fue solo la primera de una larga serie de misiones en todo el mundo. En el S. XIX, cuando las nuevas fundaciones francesas habían creado las bases para otras prolíficas ramificaciones en el resto de Europa, (sobre todo en Alemania a través de la directora de Strasburgo y en Inglaterra, en Birmingham, directamente desde Chartres), las misiones alcanzaron el lejano Oriente: Tailandia, Hong Kong, Korea, China, Vietnam, Japón. Entre 1850 y 1950 partieron 941 misioneras para Oriente y 791 para las Indias Occidentales y la Guayana.
            La Revolución Francesa significó, también para un Instituto formalmente no religioso sino que trabajaba como una simple “asociación caritativa”, la dispersión. La Superiora General, madre Josseaume, y aquellas que se opusieron al juramento de fidelidad fueron arrestadas. Gracias al decreto napoleónico, el Instituto logró alcanzar nuevamente la libertad y fue reconocido jurídicamente: “Las Hermanas de San Pablo –se afirmaba- tienen el objetivo de servir y socorrer a los que sufren en los hospitales y en otros lugares de este tipo, así como de instruir a los niños, en Francia y en las colonias”. En 1834, cuando murió la madre Josseaume, el Instituto contaba con 445 hermanas, de las cuales 45 eran misioneras en Cayenne, Guadeloupe y Martinica.
            El gran desarrollo misionero coincidía con la aspiración de los miembros a emitir no simples promesas, sino verdaderos votos religiosos. A petición suya, en 1853 el obispo de Chartres, en calidad de Superior eclesiástico de la comunidad, publicaba un decreto que especificaba tales resoluciones y precisaba una duración del noviciado no inferior a dos años. El 17 de junio de 1931 llegaba a término el camino de aprobación del Instituto por parte de Pio XI. Contextualmente fueron aprobadas de modo experimental las Constituciones; anteriormente las Hijas de San Mauricio anotaban en un libro sus promesas, que con el tiempo llegó a ser una especie de memorial de la comunidad; el único texto guía había sido preparado por el canónigo Charles de Truchy en la primera mitad del s. XVII para preservar la sencillez del núcleo originario y evitar una excesiva fragmentación. Las Constituciones fueron aprobadas definitivamente por Pio XII el 13 de junio de 1949, para ser después actualizadas en el clima conciliar con una nueva regla, el Libro de la Vida, aprobado definitivamente por la Santa Sede en 1988. “Del ejemplo de San Pablo –se lee en el artículo 2- las hermanas se hacen todo a todos. Fieles a la humildad de sus orígenes, quieren vivir la pobreza y la sencillez del Evangelio”.
            Hoy las Hermanas de Saint Paul de Chartres son una numerosa Familia que cuenta con cerca de 4 mil religiosas esparcidas en 36 países de los cinco continentes (la última misión ha sido abierta en Kazajistán en el 2008). Su apostolado es el mismo de siempre: la instrucción de los niños y de los huérfanos, la educación de las jóvenes, el cuidado de los enfermos, la asistencia de los ancianos, el servicio pastoral en las comunidades más remotas y desfavorecidas.






            Entrevista a la Madre Myriam Kitcharoen, Superiora General de las Hermanas de San Pablo de Chartres.


           
            “El Capítulo del 2007, retomando la enseñanza de Isaías,  nos ha estimulado a ensanchar nuestras tiendas, es decir a extender nuestras misiones, nuestro servicio a la Palabra de Dios. Esto exige una sólida formación interior para abrir el corazón a la misión, a las numerosas necesidades del mundo de hoy. A imitación de San Pablo, nos dejamos guiar y educar por el Espíritu Santo para poner nuestro futuro en las manos de Dios y construir  comunidades que sean manifestación de un nuevo y auténtico Pentecostés”.

            ¿Qué herencia les han dejado el padre Chauvet y Marie de Tilly?

            “El Espíritu Santo entregó al padre Louis Chauvet el carisma que ha fundado nuestra Comunidad. Este deriva fundamentalmente del pasaje evangélico: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Y Marie Anne de Tilly ha dicho: «He dejado el mundo y me he dado a mí misma a Dios, para el bien de la Iglesia y el servicio de mi prójimo». Esto es lo esencial de nuestro carisma: elevar al hombre y su espíritu, con una opción preferencial por los pobres y los lugares donde otros no van”.

            ¿Dónde trabajan hoy las Hermanas de Saint Paul de Chartres?
            “Siguiendo el ejemplo de San Pablo, trabajamos entre los pobres y los enfermos, dondequiera que se encuentren: en las ciudades, en el campo, en los hospitales, en los dispensarios o en sus casas. Damos instrucción a los jóvenes, sin distinción entre ricos y pobres, siguiéndolos en cada nivel de estudios hasta la Universidad, de modo que lleguen a encontrar un puesto en la sociedad y puedan construirse su familia. En todas partes proclamamos con celo en Reino de Dios con la palabra y el testimonio de nuestra vida”.

            ¿Cómo afrontar la llamada misionera?
            “Damos gran espacio a la formación. Hoy hay una necesidad urgente de formación, no solo de una seria preparación lingüística y cultural, sino de una llamada auténtica a anunciar el Evangelio. Para ser misioneras se necesita escuchar la Palabra de Dios, caminar con la Iglesia y tener en cuenta el contexto social y cultural en el que se trabaja. También por esto desarrollamos en nosotras mismas y en nuestras comunidades el sentido de internacionalidad y de universalidad, respetando las distintas culturas que conviven en el interior de la Congregación”.

¿Cómo vivís el Año Paulino?
“Es un Año que estamos dedicando a un conocimiento más profundo de las enseñanzas del Apóstol, a través de un estudio asiduo de sus Cartas. Tenemos un programa de conferencias destinadas a nosotras y a nuestras comunidades, insertadas en el contexto de las actividades planificadas por las Iglesias locales. Como Congregación hemos organizado una peregrinación a Turquía, donde vivió San Pablo, y a Roma, recorriendo los diversos lugares que recuerdan su predicación. En este tiempo, esperamos profundizar en la espiritualidad paulina, imitar su celo apostólico y enriquecer nuestra propia vocación misionera, para alcanzar países que no han sido todavía evangelizados”.
  







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